El ictus hemorrágico o derrame cerebral se produce por la rotura de una arteria y la extravasación de la sangre en el encéfalo. Puede ser de dos tipos de acuerdo con la localización de la sangre: cerebral y subaracnoideo. En el primer caso, el coágulo se aloja en el cerebro (el parénquima o a nivel ventricular). En el segundo caso, la sangre se sitúa en el espacio subaracnoideo (espacio virtual que hay entre el cerebro y la aracnoides, una de las membranas que lo recubre).

Las hemorragias cerebrales se relacionan fundamentalmente con la hipertensión arterial, que es el principal factor de riesgo pero no el único. Hay que considerar también el riesgo asociado al consumo de alcohol, determinadas enfermedades de la sangre, el uso de fármacos anticoagulantes como la heparina y el Sintrom, el consumo de drogas y los traumatismos craneoencefálicos.

En los jóvenes y adultos de mediana edad y sin factores de riesgo, siempre hay que considerar la posibilidad de que el mecanismo subyacente a la hemorragia sea estructural; es decir, que exista una anomalía anatómica para el desarrollo de la hemorragia, concretamente, aneurismas y malformaciones vasculares cerebrales. La rotura de una de estas malformaciones es una de las formas más graves de ictus y afecta a gente joven.

La hemorragia subaracnoidea se relaciona principalmente con traumatismos y, cuando es espontánea, con la rotura de un aneurisma (saco formado por la dilatación de la pared arterial).