Representa alrededor del 80-85% del total de ictus y se produce por la obstrucción de una arteria cerebral. La isquemia resultante; es decir, la situación de bajo flujo sanguíneo, puede acabar produciendo lesiones cerebrales irreversibles o permanentes, y en este caso hablamos de infarto cerebral, o bien puede ser transitoria, y entonces hablamos de ataque isquémico transitorio o AIT.

Hay varios mecanismos por los que una arteria se puede obstruir. Hablamos de ictus isquémico aterotrombótico cuando a nivel de una arteria intracraneal o extracraneal se deposita colesterol que de forma progresiva va reduciendo la luz de la arteria. Es lo que llamamos placa de ateroma. Cuando la placa es tan grande que casi cierra la luz del vaso; es decir, el espacio por el que circula la sangre, es cuando puede aparecer el ictus que, generalmente, se relaciona con el desarrollo de complicaciones a nivel de la placa (calcificación, rotura, hemorragia intraplaca) y el desarrollo de un trombo. El desarrollo de placas de ateroma se relaciona con la presencia de determinados factores de riesgo: edad, tabaquismo, hipertensión arterial, diabetes mellitus, dislipemia, obesidad, sedentarismo. Estos factores de riesgo se explican con más detenimiento el directorio “Causas y factores de riesgo”.

Otro mecanismo de producción de ictus isquémicos son las cardioembólias. En este caso, la oclusión arterial se produce por un trombo que viene del corazón. Para el diagnóstico, es necesario que se pueda demostrar que existe una cardiopatía productora de émbolos (cardiopatía embolígena). Las cardiopatías embolígenas más importantes son las arritmias (y particularmente la fibrilación auricular), el infarto agudo de miocardio, las enfermedades valvulares de origen reumático, las prótesis valvulares, etc. Otros mecanismos menos frecuentes incluyen: enfermedades inflamatorias y no inflamatorias de la pared arterial, enfermedades de la sangre que predisponen al desarrollo de trombos (coagulopatías primarias, síndromes de hiperviscosidad), migraña, etc.